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| Fuente: ojocientifico.com |
¿En cuántas ocasiones nos ha
ocurrido que nuestra mano y nuestro cerebro se han distanciado lo suficiente
como para no tener ganas de pintar? ¿Han sido circunstancias pasajeras, tareas
que nos restan tiempo, un arrebato de inseguridad, la pérdida de sentido de
todo esto?

